3/04/2008

EL RELOJ MORTAL

Hubo un tiempo cuando el nombre de Fidel tronaba duro en mis oídos. A mediados de los 80, en los católicos pasillos de mi universidad Andrés Bello, para algunos estudiantes hablar de Cuba resultaba excitante: Festival de Cine en La Habana, Nueva Trova, David versus Goliat, la Medicina Revolucionaria, el Socialismo Posible, en fin, el cuento de la utopía en grageas para consumo de jóvenes impresionables ante una sola cara de la moneda. Ya me resultaba incómodo que Fidel tuviese 30 años atornillado al poder, pero cuando visitó Caracas en 1989 para la coronación de Carlos Andrés Pérez, causando un revuelo periodístico con su porte de vedette y su retórica incendiaria, debo confesarlo, su imagen de mito latinoamericano todavía aguantaba las críticas.


Diez años después, ya en Miami, su nombre traía malos vientos. En las historias de los exilados, en las noticias amarillas o a full color, en la terca realidad que siempre se impone, Fidel se convirtió en una pesadilla, una dictadura, un fracaso. Tras la máscara del mito pude ver la sombra del hombre que engañó a su gente. Cuba podía ser el Buena Vista Social Club, el alma de un pueblo tiene raíces profundas que escapan a las circunstancias, pero también, era el drama de los presos políticos y de los balseros que huían porque la isla les resultaba una cárcel.


Y ahora Fidel se apaga. La historia jamás lo absolverá. Su cuerpo acabado por la enfermedad es la metáfora de su legado: una lucha perdida, un sueño ajado que terminó en resaca. Un hombre y sus circunstancias que se evapora para alivio de los cubanos. Un muerto en vida que se entibia entre el odio y la lástima. Sin poder, Fidel es un amasijo de carne y tendones. Su nombre va perdiendo peso. Es cuestión de un ventarrón para que desaparezca en el aire. Su tiempo se ha terminado.


No viví el amanecer de la leyenda, pero asistí al atardecer del mito y el ocaso del ser mortal. Y como sucede siempre, pesa más el legado que todas las promesas hechas. El lugar de Cuba en este mundo que vivimos es la prueba mas contundente de que un hombre puede orquestar el desastre, y peor aún, que siempre existirán seres humanos que lo acompañen.


Y no  puedo evitar preguntarme


¿Cuál es la hora en el reloj de Hugo Chávez?

LA UNION QUE SERA

La velocidad del cambio poblacional en los Estados Unidos amenaza con dejar en el andén a quienes añoran un futuro arraigado en los ideales del pasado. Para el año 2050, según el Centro Hispano Pew, el número de habitantes pasará de los 296 millones registrados en 2005 a un total 438 millones, donde los blancos no hispanos serán el 47% mientras que los hispanos llegarán a ser el 29%, pero además, el 19% será inmigrante, es decir, uno de cada cinco estadounidenses. Este salto será producto de 67 millones de seres humanos que cruzarán la frontera y los 50 millones de hijos y nietos que tendrán.


Ser All American pasará a significar otra cosa.


Las cifras pueden ser argumento para cerrar las fronteras y detener la mutación del país. Esto sería un error, y una pérdida de tiempo. Incluso en un escenario de bajas tasas de inmigración, bien sea por legislaciones más restrictivas o muros más elevados, la población hispana seguirá creciendo hasta ser al menos el 26% y la razón es muy sencilla: hay mas gente del lado de afuera y la tentación (o necesidad) de cruzar la línea es muy grande.


Pero siempre hay juego en los números. El informe asume que los nietos de inmigrantes hispanos, la tercera generación, se identificarán como hispanos y quizás no sea así. Si bien los indios precolombinos no sabían de fronteras y desde la fundación de San Agustín a mediados del siglo XVI han vivido en estas tierras gente de herencia española, no fue sino hasta 1980 que el término hispanic fue acuñado para efectos del Censo. Hispano engloba muchas cosas, fundamentalmente un origen en España o América Latina, y una tradición cultural. ¿Entenderemos lo hispano en el 2050 de la misma forma que ahora? Muy probablemente no.


La dinámica global y el refinamiento de medios de comunicación y transporte harán que esta marejada humana, diversa y rica en cultura, siga definiendo su identidad como grupo, y a la vez, defina al mismo país. En un proceso múltiple de asimilación, adaptación y fecundación, Estados Unidos irá mutando de la misma manera que lo ha hecho en el pasado: definiéndose como nación en la medida que cambia su gente.

En la medida que esta riqueza pueda ser gerenciada en función del progreso y la justicia el país evolucionará. En caso contrario intentará huir a contracorriente de un fenómeno que es mucho más fuerte que todo discurso político, prejuicio étnico o sueño de pureza.

DAME MAS

El poder es un vicio. Una adicción que se incrusta en el alma de las sociedades, haciéndoles perder el control y olvidar sus reglas. Cuando el vicio engancha se buscan todas las excusas y atajos para saciar la necesidad, dibujando así un círculo donde se alimenta el dependiente y sus allegados. Porque el poder no solo eleva al que manda, sino también arrebata a sus subordinados.


El mundo está lleno de viciosos. Presidentes y dictadores que se aferran al poder usando toda clase de artimañas, alcahueteados por funcionarios y seguidores que alaban sus logros y se hacen la vista gorda ante sus abusos. A medida que pasa el tiempo la adicción abraza más fuerte y así llega el momento cuando todos se encuentran asfixiados, envueltos en una trama de egoísmos y mentiras que jamás soñaron en las primeras noches de esa pasión que desquicia a los pueblos encantados con sus mandatarios.


Hay viciosos perdidos, son quienes vencieron los escrúpulos a la sangre: Castro, Mugabe, Kim Jong Il, Niyazov, Al-Bashir, la lista es larga. Los hay también blandos, son los que disfrutan el high del poder y resultan insaciables: Chávez, Putin, Musharraf, a su manera los Bush y los Clinton, y quizás haya que incluirlo, Uribe. Los perdidos son letales, enfermos para quienes la vida carece de valor. Los blandos son peligrosos, adictos que con sus hábitos van minando las democracias al venderle a la gente la idea de que la alternancia en el poder es una opción y no una condición del libre juego político. Ellos con su obsesión de mando no solamente están cerrándole el paso a otros actores y generaciones, sino que están acostumbrando a sus conciudadanos a una sola manera de ver las cosas.


Puede que algunos viciosos blandos sean capaces de mostrar una buena gestión. Pero eso no es suficiente para torcerle el brazo a las leyes con el respaldo de las mayorías. La democracia es un juego de equilibrios que busca defender a las sociedades de los personalismos, pero también, de las enfermedades colectivas. Y lo digo por Alvaro Uribe, quien ha sido un presidente popular, con un mandato que arroja saldo positivo y un político sagaz. Pero al enviciarse con el poder estará inoculándole a su país otra dosis de ese mal que ojala sea superado algún día: el caudillismo debilitante que ha lastrado la modernización de América Latina.

EL COLOR DEL CAMBIO

Estados Unidos cambia a una velocidad fascinante. Hace 40 años el odio racial incendiaba iglesias en tierras segregadas, y hoy en día Barack Obama se postula a la presidencia. Al ver de nuevo la cinta de Alan Parker, Mississippi Burning, en la que agentes del FBI develan los asesinatos de jóvenes luchadores por los derechos civiles a manos del Ku Klux Klan, resulta estimulante saber que las atrocidades pueden superarse cuando florece una nueva conciencia. En el largo viaje para vencer el racismo, una herida fundacional que llevó a EEUU a la guerra civil, la candidatura de Obama es un cambio que va mucho más allá de estas elecciones.


En primer lugar no es la candidatura de un negro. Las raíces de este hijo de inmigrantes, con herencia musulmana, criado fuera del territorio continental y con títulos de Columbia y Harvard, abarcan la diversidad de una nación multicultural que busca crecer más allá de las divisiones partidistas, raciales e incluso nacionalistas. Con su emotiva oratoria, Obama intenta saltar las categorizaciones para ubicarse en un discurso post-estiquetas. No se identifica como negro, tampoco como una minoría: su intención es abrir una agenda donde lo importante sean los intereses y no las posiciones. Para un país que eligió en 2004 a un Bush que capitalizó la polarización, Obama propone la inclusión con un estilo sensato y moderado.


Fueron muchos los cuerpos ahorcados, baleados y golpeados que lucharon contra la segregación. Al final triunfaron. La revolución de los derechos civiles pareciera tomar un nuevo aire con Obama, precisamente porque apunta más allá de la agenda racial y política para tomar un vuelo humanista, que si bien está hinchado de carisma, le propone a la nación revisar sus logros y fracasos con otra óptica. De cierta manera esta es una revolución sin violencia que podría abrir camino a otros liderazgos, y ojala, a otra percepción de los EEUU en la comunidad global.


En la cinta de Alan Parker el sheriff racista Ray Stukey le pregunta al agente Anderson del FBI si le gusta el beisból, a lo que éste responde “Si, es el único momento cuando un negro puede blandir un palo ante un blanco y no iniciar una revuelta”. Aquello era en 1964. Cuarenta años después Obama está sacudiendo el tejido nacional al sugerir que es posible ver más allá de colores, palos y barreras.

PERIÓDICO DE MAÑANA

Una nueva narrativa sobre la revolución de Chávez comienza a escribirse en la prensa estadounidense. Tras una década de gobierno, el exótico enigma en torno al máximo líder se va revelando como una historia de riqueza y poder donde los capítulos más brillantes son opacados por la terca realidad, esa misma que cuando se antoja con imponerse sobre las intenciones, termina por sacar al sol los trapos más sucios.


Para cubrir lo que considera será la noticia del año en la región el Miami Herald abrió una oficina permanente en Caracas. Los primeros trabajos dan cuenta de los millones gastados por Chávez en América Latina y los Estados Unidos para pulir su imagen, noticia vieja para los venezolanos, pero una óptica reveladora para el lector anglosajón. Todas las semanas el New York Times dedica espacio a las contradicciones de la revolución, y más recientemente al flujo migratorio, reportando que el número de venezolanos en el sur de Florida creció 118% entre los años 2000 y 2006. Chávez sabe como agarrar prensa, pero poco a poco el axioma “no importan lo que hablen de mi, mientras hablen” esta transformando su imagen de líder regional en una caricatura del personalismo. En el terreno de la opinión pública estadounidense Hugo Chávez atraviesa arenas movedizas.


Claro que su retórica le resta importancia a estos titulares emanados desde el imperio. Pero mientras algunos líderes ganan verdadera estatura mundial, a veces cargando siniestras sombras como es el caso de Putin, personaje del año para la revista Time, o con gestiones sorprendentes como sucede con Lula, a Chávez se le va acortando el escenario y está perdiendo luces. A final de cuentas, también en los temas de imagen este es un mercado salvaje. Si más allá de la prensa estadounidense, la opinión pública mundial lo enfoca con nueva óptica, su administración le caerá como un yunque: es difícil justificar que con un barril de petróleo por las nubes no se encuentre un litro de leche en Caracas.


Como a todo líder carismático, a Chávez le gusta fotografiar su mejor ángulo. Pero la realidad venezolana comienza a leerse como un acertijo múltiple que va más allá de la propaganda y el lobby oficial. Y lo que aparece es un hombre atrapado en su propia tela, incapaz de mostrar resultados a la altura de sus promesas.


Diez años después, el fenómeno Chávez ya no es primicia. Ahora es posible juzgarlo no solo por sus palabras, sino por sus hechos.

LA CIGUEÑA Y SUS RETOÑOS

Hay más bebés en los Estados Unidos y eso es una buena noticia. En 2006 los nacimientos superaron marcas de hace 45 años llevando la tasa de fertilidad a 2.1 hijos por mujer, según expertos, la cifra mágica para reemplazar la población. Una cuarta parte de esos bebés nacieron en familias hispanas, donde la tasa de fertilidad es 40% superior al promedio nacional. Que a los hispanos nos encanta la familia no es secreto. Lo interesante cómo esto se engrana al debate de inmigración y cultura.


Actualmente el 13% de la población en EEUU es inmigrante, muy cerca del 15% en los años previos a la Primera Guerra Mundial cuando la recesión económica caldeó los ánimos y las presiones llevaron a un cierre de fronteras. De cara a las presidenciales aquellos nubarrones han resurgido en la agenda electoral, sobre todo en estados como Nevada, Carolina del Sur, Tennessee y Georgia donde la población extranjera ha crecido en más de 45% y mientras cada año un millón de personas cruza la frontera legalmente y alrededor de 500 mil lo hacen sin papeles. Una marejada que puede encontrarse con nuevos diques en momentos cuando la economía da muestra de fatiga.


También surge la pregunta de cuán integrados están estos padres y sus hijos al país. El idioma es un buen indicio y según cifras del Centro Pew el 94% de los hijos de inmigrantes hispanos tienen un buen dominio del inglés al llegar a la edad adulta. Los estudios demuestran que los hijos de inmigrantes tienen mejor educación y calidad de vida que sus padres, pero sobre todo, como indica un reciente informe del Economist, que la inmigración es un fenómeno que beneficia cultural y económicamente a los países emisores y receptores.


Lo que nos trae de vuelta a todos esos bebés hispanos. Puede que en algunas cabezas suene bien la idea de cerrar fronteras y someter a padres e hijos a un proceso intenso de asimilación para que sean tan nacionales como un descendiente de los Padres Peregrinos. Pero la verdad es que en un mundo globalizado las presiones superan toda barrera y es más inteligente aprovechar esa energía, espíritu emprendedor y riqueza cultural para construir una nación diversa y abierta. Una donde el proceso de inmigración y legalización sea justo y rápido. Una donde las segundas generaciones puedan balancear su herencia y su país en una identidad híbrida y fascinante.

DARWIN, DONDE ESTAS?

Hay debates que resultan absurdos en pleno siglo XXI. ¿Un ejemplo? el abierto por la Junta de Educación del Estado de Florida para incluir la palabra evolución dentro de sus estándares para la enseñanza de la ciencia. Hasta ahora en las escuelas se ha usado el concepto políticamente correcto de “cambios biológicos a través del tiempo” sin ninguna referencia a la teoría que Darwin concibió tras una buena temporada a bordo del Beagle. Para los estadounidenses esta es una teoría sospechosa. Una encuesta de Gallup en junio del año pasado arrojó que el 44% de los encuestados no creían en la evolución. Para ellos, o no hay pruebas suficientes, o simplemente Dios creó al hombre.

 

Florida es uno de los cinco estados que evita usar la palabra evolución en sus programas educativos. Los creacionistas en todo el país han luchado arduamente para mantener las ideas de Darwin a raya y durante los últimos años han impulsado teorías, en apariencia científicas, como el “diseño inteligente” según la cual ciertos aspectos del universo solo pueden ser explicados con la intervención una causa inteligente y no a través de la selección natural. Esa causa es, claro está, Dios, y por lo tanto en clases se debe dedicar igual tiempo al creacionismo y a la evolución. Que los estudiantes decidan dónde está la verdad.

 

Un argumento poderoso, pero a destiempo. Si bien los científicos conceden que hay algunos agujeros en la teoría de la evolución, el conocimiento científico es dinámico y en su camino va encontrando nuevos problemas, hipótesis y pruebas. La mayoría de la comunidad científica aprueba la evolución como la explicación más plausible para el origen de la vida y negarlo es darle la espalda al mundo en que vivimos.

 

Debatir sobre Dios, su existencia y su identidad es parte de la condición humana. Pero debatir sobre el origen de la vida debe hacerse fuera de las clases de ciencia. La fe es un asunto de las iglesias, los salones de filosofía o las sobremesas. No hay ninguna justificación para que a estas alturas se pretenda mantener la enseñanza de la ciencia atada a creencias religiosas.

 

Claro que hay otro debate, mucho más complejo, sobre la naturaleza de Dios o lo que pudiéramos definir como tal. Sería perfecto que Darwin pudiera intervenir para fijar su posición, pero la ciencia nos dice que cuerpo putrefacto no pide derecho de palabra.